La calle no se había vaciado del todo, se podían ver algunos entes boyando por las veredas de enfrente, pero ese terreno que pisaba seguía siendo un páramo desierto adornado con los postes secos de luz que crecían junto al boulevard pernoctando en sus orillas con el aire somnoliento de una exposición de algas recién disecadas. Parecía que no iba a llover nunca, como siempre en ese cielo que amagaba a tirarse en picada pero que al final se resignaba a seguir flotando esponjoso allá arriba en el techo de la ciudad.
“Qué irónico” – pensaba – “Tanto esperar que caiga la lluvia sin que caiga nada, esas nubes que se avergüenzan de su amenaza de tirarse a la mierda; y acá abajo alguien que también, que tanto amaga con tirarse y se pega media vuelta un segundo antes del último salto, otra vez a escurrirse por la calle gastando los zapatos en vez de desarmarse de lleno en el río. Pero esta vez estuve más cerca, por poco por fin, por muy poco el mundo al carajo y yo con él; y de vuelta media vuelta y al carajo con eso y el mundo en los pies; puta madre, encima esta calle que me esconde los bares – che, que alguno tiene que haber, alguno había por esta parte – así al menos ahogarse en cerveza o licor y tabaco y un pedo de los siete diablos y al cuerno con el trabajo mañana si total la resaca dolerá pero al menos me puedo mover por mi cuenta, no como el fondo del río que ahí no te podés ni mover”
Se pregunta cómo será la resaca del tirarse entonces, esa resaca que debe venir por las tripas y la cabeza después de tragarse la corriente por todos lados; que no debe doler, que a lo sumo subirá reptando por la garganta el mal gusto del gusto a desagüe público pero nada más que eso, nada más molesto que seguir caminando por esta tierra dándole la espalda al torrente, otra vez.
Los juegos brillantes de un rojo ebrio le llamaron la atención en seguida; puertas abiertas, poca gente a esa hora, una mesa panóptica en el fondo del patio donde destierran a los fumadores donde sólo quedaban algunas parejitas insoportablemente enamoradas y algunos viejos increíblemente verdes. Burbujas ascendiendo en el porrón frío, una hora y algo antes que corten el alcohol porque las leyes humanas no permiten olvidarse del mundo más allá de las cinco, salvo que elijas tirarte al río y emborracharte con el agua desembalsada del torrente y del desagüe; pero no, hay cosas peores que los relojes marcando las cinco, como por ejemplo el sol marcando el mediodía con la luz tirándose desde allá arriba encima de todo lo de acá abajo, o los baldazos inevitables de ruido citadino asediando los oídos en medio de la calle.
Cuarenta y cinco grados poca espuma, para otro no alcanza mejor saborearlo. El pibe ya no quería soltar a la chica en la mesa veintitrés, y el viejo de la veintinueve ya no disimulaba el espionaje por detrás del diario. Llegan tres tipos con una mina vestida de suerte, que le sonríen y cada tanto le manotean la topografía que se hinchaba bajo la columna, se sientan en la treinta y dos y se les notan a la legua los ojos enrojecidos y los comentarios idiotas en medio del licor barato.
Enciende un cigarrillo y se ocupa en inspeccionar la minuciosa cara de culo de la mesera, parada en el portal del patio mirando el desparramo de mierdas, ansiando la caída de las cinco para que empiecen ya las mesas a purgarse. “A mí también me asquea todo esto” –piensa boca adentro-“pero se te nota que vos, a pesar de tener un ano facial no tenés nada que ver con toda esta mierda, vos no sos como nosotros, nos servirás la bebida pero para eso te pagan, nosotros ya venimos así, vivimos así.”
El cielo se ve atragantado de plumones anaranjados y esta lluvia que no viene, que tendría que venirse abajo de una vez y llenarle la panza al río para que se despierte, que se levante y se estire para limpiar este vómito mundial de una vez, dale, tirate lluvia, tirate al río así él se tira encima de todos estos que no tienen el coraje de tirarse (a pesar de que alguno lo intente cada tanto), tirate así el universo se limpia un poco, mirá la mugre que hay acá, che, no entiendo cómo podemos seguir viviendo así, no entiendo como puedo seguir viviendo si hace media hora estaba al borde de mandarme al carajo y todo venía tan bien, tan abajo, tan llevado por el agua.
Pero ahora las nubes habían comenzado su marcha hacia otra parte como una manada de elefantes adormecidos, y la cerveza fría seguía des-enfriándose y estancándose al fondo de la botella, al fondo del vaso que pisaba la servilleta de cuadros azules, que entremedio de las burbujas doradas le mostraba desde la culata una figura extraña, algo que parecía ser una iconografía de una persona, con los brazos pegados al cuerpo y las piernas bien juntas. Piensa que si el monigote aparecía de cabeza - como tirándose – o de costado – imitando el perfil de un pez – hubiera sido una señal, de esas que estiran imperiosamente el brazo señalando un horizonte, un fin y una recompensa con un solo dedo; pero el garabato aparecía cabeza arriba y pies en la tierra, lo que no podía ser sino el mundo burlándosele a través de la birra, anunciando que aún bajo el burbujeo alcoholémico seguiría teniendo los pies en la tierra porque así era el mundo de los vivos, patas abajo en el piso aunque todo se vea como flotando en globos de oro.
“A la mierda con esto” – protesta tirando al piso la servilleta con su oráculo impreso, vaciándose el vaso entero entre los dientes y las puteadas. Se sirve otros cuarenta y cinco grados y se los vuelve a tragar, y de vuelta el vaso lleno, y de vuelta el vaso vacío. Le hace señas a la moza que de momento deja a un lado la cara de culo para volver a ponérsela después de servirle otro porrón a la mesa del fondo. El viejo verdoso de la veintinueve mira cómo se vacían las botellas de la mesa, ya ida una, después otras dos, y ahora otra más para el olvido y el viejo agranda los ojos y se ríe para sí, viendo un par de ojos chorreando odio que lo miran perdidos entre las botellas, a lo que responde que –“Si tanto queré’ chupá’, andá’ tirate al río che”- y se levanta, media vuelta, paga y se retira. Lo ve caminar con el diario bajo el brazo haciéndose el canchengue, aguantando el deber inoportuno de partirle la ciática con la botella que tenía en la mano apenas se la hubiera expirado. Pero mientras se detiene piensa un poco y cae en la cuenta de que la billetera no le alcanzaba para cubrirle la cuenta; porque alcanzaba para una sola y no para cuatro o cinco.
Diestramente se pone de pie y se dirige al baño veinte metros adelante intentando disimular el tambaleo que le trepaba las rodillas. Entra como cualquiera, elige el cubículo más cercano y hace lo suyo, luego se lava la boca y las manos y se asoma a la puerta para encontrarse con que la moza les está cobrando a los de mesa treinta y dos; momento que aprovecha a todo lujo para rajarse por la puerta de enfrente haciéndose el qué, apenas en la esquina correr como la desgracia tres cuadras al norte. Con algo más de tranquilidad luego de haberse cubierto con una buena distancia enciende un cigarrillo y camina levemente las últimas cuadras hasta llegar a su pieza. “Había hablado de mugre” – se dice “portarse como una laucha me salvará a veces la billetera pero también me caga los chapuzones eternos; pero claro, a la suciedad no le gusta el agua, apenas caen dos gotas desde arriba ya corren todos a cubrirse como una manga de cucarachas –es que nadie se dio cuenta? -, qué irónico. Da igual, ahora nomás me toca la cafetera para lavarme de la garganta este pedo numbio antes de las ocho, que mañana – hoy, claro, ya es hoy – tengo que laburar, la comida no se hace sola y tampoco se puede pagar todo a la carrera che, de vez en cuando –pero más seguido- hay que hacer como todos para todo, total después mar adentro hacés la tuya.”
Dejaba que los pies se movieran por el sólo impulso de la pendiente, cada tanto sosteniéndose de alguna que otra reja de ventana para no irse a la mierda como piedra de montaña, total faltaban dos horas y media antes de tener que salir de la cueva allá en el fondo, antes que la calle terminara de poblarse de seres vivientes, que ya se los podía ver rondar en las veredas, dejando bolsas de basura en los canastos abalanzados a la calle, o haciendo cola en los negocios inexplicablemente abiertos.
Después de cerrar la puerta manoteó la taza del café, el café y el interruptor de la lámpara del escritorio, y encendiendo el anafe mira distraídamente el reloj colgado en la pared y hay tiempo, todavía queda tiempo para quemarse la garganta vertiéndose en la boca suavemente y de a pedazos el líquido despertador, hay tiempo para terminar el paquete de galletas abandonado en el estante, hay tiempo para llenarse los pulmones con uno o dos cigarros más. Pone el agua a calentar y se deja caer pesadamente sobre la silla y se va escurriendo hasta estancarse mientras estira la mano para alcanzar el paquete del estante y se lo trae consigo al fondo del asiento para empezar a purgarse con algo el alcohol que le corría por las tripas.
No aparta demasiado la vista del reloj, se entretiene observando el trayecto sumergente de las agujas remando del tres al nueve, respirando del diez al dos, y echándose al tanque de nuevo en el tres; y ya habría tiempo para volver al dos a la orilla del puente, a caminar y emborracharse del tres al cinco, a arrastrarse del seis al siete para luego salir y subir la pendiente a las ocho y pasarse hasta las doce en ese arriba insoportable tan cerca del sol, para a la una empezar otra vez a resbalarse camino del dos, del tres, del cinco y del fondo, ya habrá tiempo para ahogarse en el fondo de su río todos los días, con el precio de levantarse luego de entre las burbujas como un dibujo en una servilleta de papel viniendo al reflote, y de nuevo arrancarse al suelo y más abajo y subir y así poder bajar de nuevo. Tontamente cae en que buscar el río del puente ya no le sirve, que al final no lo necesita para embarrarse al fondo del agua cuando llegue de vuelta al uno o al dos, punto de partida para zambullirse y tirarse al reverso de la vida de la mugre en suciedad, para de nuevo, y de vuelta, y de su vida una cascada y a la mierda, total hay tiempo para lavarse e intentar ahogarse otro día entre botellas, reflotar y tirarse de una y otra vez, aún, aún hay tiempo para seguir viviendo.
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