No es tan fácil como describir el miedo mismo o la situación que nos lleve al escalofrío. Hay algo más ahí atrás de la puerta que nunca se abre, del cuarto oscuro al que nos quedamos mirando, de los ruidos del techo cuando oscurece y las calles a la hora de no estar.
Hay algo más. Siempre hay algo más, y eso lo sabemos.
Es ahí donde el miedo se empieza a mover y nosotros dejamos de hacerlo. Porque la máquina tiene más engranajes que el súbito ridículo en el que habitamos nosotros; oh, hay más, y nos rodean, sabe? Sí, están por todos lados, ya uno no puede escaparse del movimiento alterno de los dientes prójimos. Porque sí, no es tanto el desvarío cuando se pone sobre la mesa lo que uno puede hacer, pero nos enloquecemos cuando nos asomamos a la ventana de lo que ellos pueden hacer.
Uno puede llegar a conocer sus propias limitaciones y planear dónde posar los pies el siguiente cuarto de hora; pero cómo podemos llegar a saber dónde se meterán las manos de aquél, de ésa, de ellos? No podemos meternos en sus sesos ni en sus cuerpos, y en medida alguna podemos saber a ciencia cierta las puertas exactas. Uno sabe que no puede saberlo porque puede verse a uno mismo y ve lo que oculta, lo que decide y cómo usted se mueve con o sin el conocimiento/consentimiento de los foráneos. Qué, no pueden ellos hacer lo mismo?
Argumento que nos desembocaría inminentemente en la paranoia y el delirio, si le damos las vueltas suficientes al asunto. Usted, se lo digo a usted, pruebe una noche dejar la ventana abierta y siéntese a observarla, quédese mirando el hueco negro desde las diez de la noche hasta que se cuele el amanecer, y durante ese tiempo, además de mirar, dedíquese también a pensar qué puede llegar a pasar del otro lado. Qué puede pasar, que usted en ese momento no puede ver.
Pero no sea blando, atrévase a preguntarse ¿por qué?, y sobre todo, ¿por qué no?
Si después de terminado este ejercicio y haberlo repetido dos o cinco veces, no se le mueve un pelo al pensar en dejar la ventana abierta durante las noches, pues, o bien hay que felicitarlo por su optimismo o a sus efectivos de seguridad por su salario.
En caso alguno, no dejaremos de contemplar la posibilidad de un movimiento exterior vedado al alcance de los sentidos (nuestros sentidos); porque si llegáramos a admitir la ausencia de éste, no cabría más que auto-catalogarse de ladrillo o heladera.