miércoles, 10 de diciembre de 2014

LITTLE DETAIL

El mate fue perfecto, ni un solo pedazo de hoja flotando solitario ni un tronco queriendo naufragar.
Ninguna gota osó manchar la mesa ni la más olvidable baba se colgó de la bombilla. 
Hasta los criollitos se mantenían calentitos en la bandeja sin perder la suavidad de su delicia.

Pero una palabra malsonó en el oído. 
Una palabra completamente innecesaria, sin cortesía ni propósito aparente. 
Una palabra inútil. Una palabra de más

Un pequeño salto del esmalte se pronunció en medio de la fachada perfecta, y entonces. 

Una risa que irrumpe en medio de la función tan mesuradamente seria rompe el drama al ridículo, cuando se cae una ventana de la escenografía y vemos al payaso cabrón riéndose a escondidas.
A la vista de todos. 

De todos los que escucharon la risa, aquellos que por el rabillo del ojo denunciaron la chispa sin esmalte. Los que escucharon esa palabra inútil en medio del aire. 

Una palabra inútil? De más?

No. Toda palabra sirve de algo, y, por estúpida que venga a ser, es parte de algo. 
No hay palabras de más. Las hay que no resaltan a plena vista más que un detalle microscópico.
Pero no todo lo microscópico es insignificante.
Del microcosmo al macrocosmos, de tal a las unidades, elementos y cosmos, universos, galaxias.

Una palabra pronunció un universo que no pudo más que asomarse. 
Pero esa palabra fue su risa detrás del telón. 

El mate estuvo flojo y recontralavado, la mesa un enchastre y los galletones una piedra.

Y cuando se hubo terminado la obra y ni la noche alumbraba el escenario, todavía se escuchó la carcajada en medio del salón. 

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