lunes, 9 de febrero de 2015

LA MURGA DE LOS INMORTALES

“Eso que pensás está bueno” – me dijeron una tarde– “Pero no te ofendas si te digo que es más de lo mismo”

En cierta forma tenían razón. 

Sin saberlo habían rozado las capas del desarmadero. Pero claro, quién sabe realmente lo que es el desarmadero, sino quien lo lleva dentro, e irremediablemente, vive en él. 

El dilema de la creación del arte nunca ha sido fácil, por lo menos, desde que la tarea del artista comenzó a basarse en "el exilio del paraíso". El renacimiento, el romanticismo, el realismo. Grandes obras minuciosamente forjadas por míticos herreros de la forma que buscaban la imagen y semejanza de su dios, y al mismo tiempo, imaginando y asemejando al dios a sí mismos. Tomar, por medio de una elucubrada fusión, su lugar en el trono inmaculado. 
 
El hombre había creado un refugio en el arte, su Olimpo, donde no se debía responder a los asuntos humanos sino a lo divino, el cielo le esperaba a los artistas que habían de recrear en la tierra el reino de los dioses, pero todo cambió cuando el vanguardismo atacó.

Éstos los últimos emisarios del éxodo, nihilistas de las métricas y los estatutos confiables, los exiliados de las tierras del orden y la figura divina; críticos desde el trazo, desconfiados de la tinta y el papel. 

[…]“la ciudad cuyo nombre se había dilatado hasta el Ganges, nueve siglos haría que los Inmortales la habían asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de parodia o reverso y también templo de los dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos”[…] (El Inmortal – J. L. Borges)

La ciudad de los inmortales, erigida en el arte desde los tiempos de Homero, ahora en ruinas y patas para arriba por el magnífico delirio vanguardista, rebelarse contra los ángulos y las reglas, alzarse contra la tiranía de la belleza arquitectónica de los dioses, y darle cuerda al sinfín de los “disparates” más hermosos del mundo. 

Durante mucho tiempo, demasiado tiempo, el arte ha sido sinónimo de revolución. Pero ahora que los ángeles de Rafael y las Majas de Goya se exponen crucificadas en las plazas municipales, dónde desencadena la utopía?

El orden histórico de los humanos demanda la misma lógica: Construir hasta llegar al cúlmine, hasta el hartazgo; y cuando ya no se pueda ya avanzar, volver hacia atrás y arrasar todo lo que se haya levantado en el camino, y con sus ruinas erigir los nuevos monumentos, las nuevas reglas, los nuevos castillos, hasta el cúlmine y el hartazgo, y otra vez. Al revés. 

Ahora nos vemos en el borde de la herrumbre, recorriendo los desquiciados pasillos de la última fundación de los Inmortales. Aún en estos días los artistas siguen rebelándose contra las sombras del pasado, sin darse cuenta que la revolución ya había perdido sentido desde que erigimos en la cúspide del Olimpo a las latas de Manzoni, y hace ya medio siglo que la murga de los renegados sigue intentando tocar el cielo, a pesar de haber destruido todo horizonte palpable. ¿Qué nos queda ahora? Dónde nos ha desembocado ésta revolución sino en el desamparo, al viaje de ya cuántos años por el desierto de la negación, “esto no es”, “esto ya se hizo”, “es más de lo mismo”.

[…]“arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe dónde se está”[…] (Me caigo y me levanto – J. Cortázar)

Ya no hay tierra prometida que espere, estamos en la nada del todo. 

¿Y ahora? 

No estamos hablando de olvidar el desquicio heredado, sino de otra cosa, la hoja en blanco, posicionar los lápices y las plumas más allá del bien y del mal, encontrar el tercer lado del espejo. Imposible darse el lujo de re-construir una ciudad sumida en polvo e inmaculadas letrinas; sino construir desde cero. Basta de re-nacimientos y r-evoluciones

Nacer, construir y evolucionar; todo un mundo en blanco por delante. 

La dicotomía del todo y la nada ya no existe, estamos en todos lados y en ninguno a la vez. 

El punto perfecto, la pura posibilidad.

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